miércoles, 1 de abril de 2009

Arquitectura: ¿megalomanía y orgullo?

¿Qué somos los arquitectos? ¿Qué mandamos? ¿Qué representamos?

Son preguntas que todo estudiante de arquitectura se hace alguna vez a lo largo de su etapa formativa, y estoy seguro de que los arquitectos consumados también se lo preguntan.
La respuesta es dificil, y se responde con otras preguntas, quizas: ¿Somos técnicos? ¿Somos artistas? ¿Que somos realmente?

Si, somos artistas. Pero somos técnicos. Así, somos los más pragmática de las artes, que sirven a un fin mucho mayor que la propia gloria de su autor.

Es aqui donde empieza la polémica. Estamos hartos de observar megalomanía por doquier, camuflada por la falsa razón del arte, y que no cumple con el aspecto moral de lo que debería buscar un arquitecto.
Casos como el de la fotografía ilustran un orgullo que deshorna a la profesión hasta el punto de ser su talón de Aquiles para con la sociedad.

El mejor amigo de un arquitecto es el político. La arquitectura es política. Política de coste, pero sobre todo, política de imagen.

Ah! Que bueno es para un político prostituir al arquitecto en pos de su imagen. Y esto ocurre siempre.
El arquitecto se prostituye, porque es docil. Le Corbusier decía que su ideología era la Arquitectura. Acaso ella está por encima de todo? O ella está al servicio de todo? El maestro construyó para todos, sin mirarles a la cara, sin preguntar ¿por que sois capaces de hacer algo tan terrible? Creo que Le Corbusier confundió las prioridades.

Pero no hace falta ir tan lejos para ver esta luna de miel entre el político y el arquitecto. Es tan facil como mirar a la fotografía, o darse una vuelta por Valencia, y ver cómo los nuevos faraones buscan a sus Imhotep particulares para que construyan su megalómana firma para que perdure por los siglos de los siglos. Y nosotros lo hacemos, porque el orgullo del faraon supone el orgullo aún mayor para el arquitecto.

El caso de la fotografía es algo flagrante. Un conjunto hermoso, equilibrado, solo manchado por la connotación de la escultura central, simbolo de los 40 años más negros de nuestra historia, ve ahora aparecer a un extraño.

Y su intención no es observar, sino ser observado. Prentende, con su egoismo y altanería, entrar en toda imagen que pueda salir a partir de ahora entre las hermanas inclinadas, y robar la serenidad salpicada por el bulicioso tráfico.

Es un hito. Su autor busca hitos, tantos que se pierden. ¿Acaso no hay hitos en plaza de Castilla? Si, pero necesitamos un Calatrava, dice el político. Nos sentimos orgullosos. Craso error. Él se siente orgulloso. Ha construido uno más de sus monumentos funerarios, y, contraviniendo todas las reglas lógicas y estéticas, el arquitecto ha roto un equilibrio. ¿Eso es bueno? Sinceramente, yo creo que no.

Muchas gracias por leerme.

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