domingo, 17 de febrero de 2013

Fin de ciclo, o la puerta abierta a la Revolución Española...

Siempre lo acabo diciendo. Hay que leer la historia: es el diario interpretable y futurible de lo que está por venir.
 
Escuchamos mucho últimamente sobre la Transición, la política con mayúsculas o minúsculas, los fines de ciclo o los puntos de inflexión. Hace unos días repasaba los acontecimientos que sucedieron a la caída de Isabel II; pronunciamientos, Gloriosas,  breves monarquías con ánimo de parche, breves repúblicas, y una Restauración borbónica a finales del XIX.
 
Es en éste período en el que pongo la lupa, ya que la radiografía de los acontecimientos resultaba, como en ese momento comentaba, escalofriante.
 
De un país que acoge con buenos ojos una estabilidad política antes inexistente, cristalizada en una renovación de la cabeza coronada bajo el hijo de la Reina exiliada, y que tuvo como praxis la instalación de un sistema electoral corrupto y producto de la ingeniería social y política de Cánovas del Castillo (con la siempre complaciente ayuda de Sagasta), se esperó que por fin pudiera existir "pax" que perdurara en el tiempo, poniendo fin a la "tragedia española" desde el fin del Imperio.
 
Pero el sueño duró poco. No tan poco como las pesadillas anteriores, pero poco aún así, y es ese poco el que resulta interesante de estudiar.
 
Con un pueblo adormecido por la apariencia de democracia (restringida, por supuesto, a los hombres), con un turnismo que en mucho se parece al actual, aunque su diferencia es importante (hoy si hay una elección libre y universal), y con una economía sin acabar de despegar, un estado social con muchos deberes por hacer, el comportamiento del Rey ayudaba a la estabilidad.
 
Pero su prematura muerte, el surgimiento de la lucha obrera, los desmanes de la incipiente burguesía industrial y la balcanización de la política puso en crisis el turnismo.
 
Para colmo, el nuevo Rey, Alfonso XIII no comprendió la distancia que exigía su cargo del día a día, y sus faltas se convirtieron en asunto de Estado.
 
Así, el régimen se caía con cada vez más velocidad, y la bomba de relojería acabó explotando. Dictadura, dictablanda, y a la mínima de cambio, después de mucho mentar a la bicha, II República y exilio.
 
¿Por qué éste extenso, y seguramente errático análisis historico-político? Porque hasta en los años hay correspondencia.
 
De Alfonso XII hemos pasado a Juan Carlos I, y de Cánovas y Sagasta, Maura y Canalejas, a Suárez, González, Aznar y Rodriguez Zapatero. El declive del Rey, que antes se dio con padre e hijo, sucede ahora con el padre, y el turnismo como hemos comentado anteriormente, antes pactado, es ahora casual, aunque lógico.
 
Tenemos, pues, similitudes alarmantes en el sistema; pero, ¿y las circunstancias, los desestabilizadores, y demás agentes?.
 
La antes incipiente clase obrera, partidos pequeños y revolucionarios, son ahora las redes sociales y demás no-representados. Los sindicatos son ahora el 15M, y los desprotegidos han pasado a llamarse desahuciados.
 
La crisis económica, aunque distinta, iguala el malestar ciudadano, el ansia de cambio, ciega y nubla la razón de los ojos de quien la sufre, y juzga impenitentemente a los culpables.
 
Divorcio lo llaman, fractura social es, más bien, con un peligroso agravante: el respaldo que da el apellido tan manido de democracia otorga tanta razón al representante como al representado. Lo que en principio puede parecer una ventaja, vivir en democracia, se convierte en una dañina etiqueta que nubla la vista del gobernante mientras siga contando con una amplia mayoría, pero dicha mayoría, conseguida cada 4 años, dista mucho del ideal democrático que el pueblo demanda.
 
Es ahí donde está la encrucijada. Hoy hemos ganado mucho como sociedad. La política, habiendo conseguido avances impensables hace 100 años, se ha emborrachado de sus propios éxitos. Ha pervertido el fondo, y ha hecho suya la peligrosa proclama de que "el fin justifica los medios".
 
Ante cualquier crítica, el poder responde con glorias, leyes o actitudes pasadas. Elude el debate sobre su propio organismo, su propia constitución y sobre sus propios actos con una demagogia que exaspera a cualquiera.
 
El sistema esta en barrena, gripado, calado, como se le quiera llamar. El sistema que nos ha dado todo lo que históricamente nos habíamos negado a nosotros mismos se ha convertido en el problema, en nuestro techo de cristal. Los partidos políticos mayoritarios, como paladines de éste sistema, siguen (y seguimos) borrachos de democracia, a la par que la ciudadanía empieza a despertar de la resaca.
 
Y aquí es cuando, en ésta encrucijada, surge la pregunta: ¿cómo cambiar el sistema sin cambiar de sistema?. ¿Es posible regenerar sin romper la baraja?. ¿Son capaces los partidos políticos de hacer una revolución interior antes de que la revolución exterior se los lleve por delante?. Precisamente eso ocurrió con los partidos dinásticos del siglo XIX, curiosa ironía para un PSOE que en aquel momento estaba en el otro bando.
 
Como es bien sabido en toda buena historia, alguien tiene que pagar los platos rotos. Está en juego la Restauración, los partidos políticos actuales y, quizás, la propia democracia, porque todos sabemos cómo acabó la gloria inicial de la II República.
 
La historia de España es triste y amarga. Esperemos que su lectura, su estudio y su análisis hagan cambiar un rumbo del que seguimos siendo protagonistas.
 
Un saludo, y gracias por leerme.
 
Cristian García Navalón

jueves, 14 de febrero de 2013

En defensa de Beatriz Talegon


Soy militante del PSOE,  Secretario de organización de la Agrupación Socialista de Almansa, también militante de Juventudes Socialistas, y su secretario general en la provincia de Albacete. Soy militante y dirigente, por tanto, y soy, me siento, y siempre me he comportado como una persona critica con las injusticias que se cometen dentro y fuera de esta organización.

Cuando hace unos días me entere de la intervención de Beatriz Talegon en la reunión de la Internacional Socialista me apresure a felicitarla personalmente, porque se da la circunstancia de que, ademas, la conozco en persona.

La persona, su personalidad o lo que hace con su vida privada es, por ahora, y hasta que no ostente un cargo de responsabilidad pública, irrelevante.

A mi no me conmovió su personalidad, su liderazgo o su aspecto. Tampoco lo que yo conociera u opinara de ella por motivos personales. Lo que me conmovió y aplaudí sin dudarlo fue la valentía de decir lo que muchos pensamos, y que no todos se atreven a decir.

Como empezaba, soy dirigente de JSE, y quien me conoce sabe que nunca me he callado en las reuniones internas y privadas de nuestro partido, pero, a diferencia de Beatriz, mi ámbito de actuación es mucho menos mediático.

Su discurso podía sonar, como siempre suenan los discursos críticos, populista, pero es importante tener en cuenta que no sólo importa la dosis de populismo que se pueda decir para llegar a la conciencia de las personas, sino que también hay que valorar lo que hay detrás: un grito ante una situación que nos asfixia y nos perjudica, directamente a los partidos políticos, pero indirectamente a los ciudadanos.

Días después, la crítica al discurso ideológico de Beatriz Talegon ha dejado de existir para dar paso a una feroz critica a su persona, sus circunstancias, su pasado o su aspecto.

Ya que el debate se ha centrado en estos aspectos, degradandose y degradando a los que así lo alimentan, hablare sobre ellos desde mi perspectiva personal.

Nunca he cobrado un solo euro público, y menos por labores políticas de ningún tipo. He recogido firmas, he pateado la calle, he hecho campañas, me he manifestado contra recortes e injusticias.

De esta forma ejerzo una pasión, que es la política, que me cuesta más de lo que me da, tanto en disgustos como en dinero. Y este hecho no impide que reconozca que, pese a mis circunstancias, o mejor dicho, por mis circunstancias, jamás seré capaz de llegar al ámbito al que habló Beatriz Talegon.

Cierto es que cobra un sueldo. Es cierto que viaja, y que esos viajes son pagados por su organización, mi organización. Cierto es que ha sido concejala, apparatrix como la llaman algunos, combinando cargos en esta organización. Pero quien conocemos lo que significa estar, participar y militar en un partido político sabemos que no se puede hablar delante de Rubalcaba, Papandreu o cualquier líder sin antes haber pasado por ello.

La diferencia estriba en que, mientras que Beatriz podía haberse callado, asegurando con ello su posible carrera política, y aplicando una buena dosis de hipocresía, decidió hablar, diciendo lo que otros menos privilegiados que ella, sin la posibilidad de hablar ante dicho auditorio, no podíamos decir.

Por eso, yo pongo el foco no en ella, sino en todos sus predecesores, en ese u otro ámbito, que no tuvieron las agallas para hacer lo mismo.

Quien sabe lo que significa ser dirigente de una organización como JSE sabe que hay que viajar mucho. Desde mi responsabilidad como secretario provincial he viajado, pagando yo o con ayuda de la organización, muchos kilómetros, porque no se puede representar sin pisar la carretera.

Mi ámbito, pequeño, es uno, pero los hay regionales, nacionales e internacionales, por eso creo un debate maniqueo ahondar en la cuestión de los viajes, más cuando no son turísticos, sino obligatorios para poder representar.

También ha habido opiniones que hablan de su paso por el PSOE o las JSE.
Me sorprende que afirmen que han militado durante meses, o pocos años, y que con ello se arroguen el derecho de criticar, censurar o señalar a los que aún seguimos aquí.

Sobra decir que un partido no son sus dirigentes, y eso creemos en el PSOE, como también creemos que se puede dejar de participar activamente, pero que pocos dejan de militar, y si así lo hacen tan solo tras unos meses, es porque nunca llegaron a respetar las ideas que siempre han estado en el fondo del ideario socialista.

Por eso, afirmo con rotundidad que no puedo aceptar que nadie me de lecciones de ideología o de lealtad.

Hay algo que ha quedado muy claro, y es que el mensaje transmitido por Beatriz Talegon hacia falta. Lo hacia por muchos motivos, que ahora no vienen al caso, pero también ha quedado claro que hemos pasado de la euforia del mensaje a matar al mensajero, y eso deja en evidencia las carencias que tiene la sociedad.

Quizás haya personas más cualificadas que Beatriz para decir lo que ella ha dicho, pero seguramente nunca podrían haberlo hecho. Por eso, y reconociendo que todas las personas tenemos errores, yo me quedo con el fondo del discurso, porque los portavoces son pasajeros, cambian, suben y caen, pero el fondo permanece, y es el fondo lo que en este caso importa.

Me disculpo ante quien se haya sentido agredido por mis palabras.

Un saludo, y gracias por leerme.

Cristian García Navalon

lunes, 4 de febrero de 2013

El silencio de las ideas, o cómo callar para no caer...

Llamadme oportunista, porque os tendré que dar la razón. Las nuevas tecnologías y las redes sociales nos cambian, y nos limitan. Es sorprendente como 140 caracteres, a la vista minúsculos, pueden alejarnos de la plácida escritura de largas reflexiones,  pero de eso soy culpable. Durante meses he circunscrito mi pensamiento a ese casi centenar y medio de letras, pero hoy vuelvo al redil. Soy esclavo de Twitter, lo confieso, pero intento redimirme.

La cuestión es que, si lo pensamos bien, cuando todo un pensamiento se puede traducir en tan poco espacio es que hay poco pensamiento, o por el contrario mucho. No es mi caso ni lo uno ni lo otro (a mi modesto entender), y es la media lo que me hace necesitar más líneas.

Empezaba autoinculpándome de oportunista porque los dos años más intensos de mi vida política han sido los más desiertos en este blog. Curiosamente, cuando más poder tenía de transmitir, de cambiar o al menos de aplicar lo que pienso, más desaforado estaba este espacio de reflexión.

Quizás, todos los males de nuestra sociedad vienen motivados por éste hecho: cuando no podemos hacer nada, hablamos; cuando podemos hacer algo, por minúsculo que sea, callamos, consentimos, y sobre todo, no reflexionamos.

Somos esclavos del "prefiero ser hipócrita indocumentado a que me pillen con un texto que diga lo contrario a lo que hago", pero, personalmente, la razón última que a mi mismo me doy es que "prefiero no pensar, porque si pienso, quizás, solo quizás, me demuestre a mi mismo que estoy traicionando todo lo que antes entendía como irrenunciable".

Así pues, estoy de vuelta, ésta vez para quedarme, porque ahora sí prefiero que me saquen los colores antes que resultar hipócrita, porque solo con los colores de fuera podré aprender, mejorar y, quizás, solo quizás, poder dar ejemplo.

Un saludo, y gracias por volver a leerme.

Cristian García Navalón