Siempre lo acabo diciendo. Hay
que leer la historia: es el diario interpretable y futurible de lo que está por
venir.
Escuchamos mucho últimamente
sobre la Transición ,
la política con mayúsculas o minúsculas, los fines de ciclo o los puntos de
inflexión. Hace unos días repasaba los acontecimientos que sucedieron a la caída
de Isabel II; pronunciamientos, Gloriosas, breves monarquías con ánimo de parche, breves
repúblicas, y una Restauración borbónica a finales del XIX.
Es en éste período en el que
pongo la lupa, ya que la radiografía de los acontecimientos resultaba, como en
ese momento comentaba, escalofriante.
De un país que acoge con buenos
ojos una estabilidad política antes inexistente, cristalizada en una renovación
de la cabeza coronada bajo el hijo de la Reina exiliada, y que tuvo como praxis la
instalación de un sistema electoral corrupto y producto de la ingeniería social
y política de Cánovas del Castillo (con la siempre complaciente ayuda de
Sagasta), se esperó que por fin pudiera existir "pax" que perdurara
en el tiempo, poniendo fin a la "tragedia española" desde el fin del
Imperio.
Pero el sueño duró poco. No tan
poco como las pesadillas anteriores, pero poco aún así, y es ese poco el que
resulta interesante de estudiar.
Con un pueblo adormecido por la
apariencia de democracia (restringida, por supuesto, a los hombres), con un
turnismo que en mucho se parece al actual, aunque su diferencia es importante
(hoy si hay una elección libre y universal), y con una economía sin acabar de
despegar, un estado social con muchos deberes por hacer, el comportamiento del
Rey ayudaba a la estabilidad.
Pero su prematura muerte, el
surgimiento de la lucha obrera, los desmanes de la incipiente burguesía
industrial y la balcanización de la política puso en crisis el turnismo.
Para colmo, el nuevo Rey, Alfonso
XIII no comprendió la distancia que exigía su cargo del día a día, y sus faltas
se convirtieron en asunto de Estado.
Así, el régimen se caía con cada
vez más velocidad, y la bomba de relojería acabó explotando. Dictadura,
dictablanda, y a la mínima de cambio, después de mucho mentar a la bicha, II
República y exilio.
¿Por qué éste extenso, y
seguramente errático análisis historico-político? Porque hasta en los años hay
correspondencia.
De Alfonso XII hemos pasado a
Juan Carlos I, y de Cánovas y Sagasta, Maura y Canalejas, a Suárez, González,
Aznar y Rodriguez Zapatero. El declive del Rey, que antes se dio con padre e
hijo, sucede ahora con el padre, y el turnismo como hemos comentado
anteriormente, antes pactado, es ahora casual, aunque lógico.
Tenemos, pues, similitudes
alarmantes en el sistema; pero, ¿y las circunstancias, los desestabilizadores,
y demás agentes?.
La antes incipiente clase obrera,
partidos pequeños y revolucionarios, son ahora las redes sociales y demás
no-representados. Los sindicatos son ahora el 15M, y los desprotegidos han
pasado a llamarse desahuciados.
La crisis económica, aunque
distinta, iguala el malestar ciudadano, el ansia de cambio, ciega y nubla la
razón de los ojos de quien la sufre, y juzga impenitentemente a los culpables.
Divorcio lo llaman, fractura social
es, más bien, con un peligroso agravante: el respaldo que da el apellido tan
manido de democracia otorga tanta razón al representante como al representado. Lo
que en principio puede parecer una ventaja, vivir en democracia, se convierte
en una dañina etiqueta que nubla la vista del gobernante mientras siga contando
con una amplia mayoría, pero dicha mayoría, conseguida cada 4 años, dista mucho
del ideal democrático que el pueblo demanda.
Es ahí donde está la encrucijada.
Hoy hemos ganado mucho como sociedad. La política, habiendo conseguido avances
impensables hace 100 años, se ha emborrachado de sus propios éxitos. Ha
pervertido el fondo, y ha hecho suya la peligrosa proclama de que "el fin
justifica los medios".
Ante cualquier crítica, el poder
responde con glorias, leyes o actitudes pasadas. Elude el debate sobre su
propio organismo, su propia constitución y sobre sus propios actos con una
demagogia que exaspera a cualquiera.
El sistema esta en barrena,
gripado, calado, como se le quiera llamar. El sistema que nos ha dado todo lo
que históricamente nos habíamos negado a nosotros mismos se ha convertido en el
problema, en nuestro techo de cristal. Los partidos políticos mayoritarios,
como paladines de éste sistema, siguen (y seguimos) borrachos de democracia, a
la par que la ciudadanía empieza a despertar de la resaca.
Y aquí es cuando, en ésta encrucijada,
surge la pregunta: ¿cómo cambiar el sistema sin cambiar de sistema?. ¿Es
posible regenerar sin romper la baraja?. ¿Son capaces los partidos políticos de
hacer una revolución interior antes de que la revolución exterior se los lleve
por delante?. Precisamente eso ocurrió con los partidos dinásticos del siglo
XIX, curiosa ironía para un PSOE que en aquel momento estaba en el otro bando.
Como es bien sabido en toda buena
historia, alguien tiene que pagar los platos rotos. Está en juego la Restauración , los
partidos políticos actuales y, quizás, la propia democracia, porque todos
sabemos cómo acabó la gloria inicial de la
II República.
La historia de España es triste y
amarga. Esperemos que su lectura, su estudio y su análisis hagan cambiar un
rumbo del que seguimos siendo protagonistas.
Un saludo, y gracias por leerme.
Cristian García Navalón

